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Cultura empresarial

Creado el 31 Agosto 2009 por Webmaster

Este año hace dos décadas que se empezó a vislumbrar con claridad el fin de la Guerra Fría. Después de poco más de 40 años, el enfrentamiento ideológico que caracterizó a ese periodo de la historia llegaba a su fin, generando grandes expectativas de un futuro promisorio, pleno de logros y realizaciones, una vez que el modelo de libre mercado había “probado” su superioridad sobre cualquier otro y abría camino para un desarrollo pacífico generalizado. Justamente hace 20 años, en el verano del 89, cuando iniciaba apenas el deshielo bipolar, Francis Fukuyama anunciaba eufórico el fin de la historia, gracias al incontestable triunfo del capitalismo liberal. El reto sería ahora “únicamente” su exitosa implementación por todos los rincones del planeta.

Si bien es cierto que la evidencia respecto a lo prematuro de la tesis de Fukuyama apareció mucho más pronto de lo que todos hubiéramos deseado, también lo es que el modelo de economía de mercado tuvo una oportunidad sin precedente histórico para probar sus bondades. A 20 años de un promisorio inicio, no obstante, la situación del mundo actual se presenta tan incierta como en los días más álgidos del enfrentamiento bipolar; quizá peor en algún sentido debido a la ausencia de alternativas viables claramente formuladas y consensadas para confrontar la crisis que actualmente nos aqueja.

A pesar de los denodados esfuerzos por consolidar un capitalismo sustentable, bajo un consenso medianamente generalizado, algo inherente a los principios en los que se apoya elsistema capitalista parece exigir de reconsideración inmediata.

Son varios y diversos los aspectos que invitan a la reflexión. Por encima de las dificultades implícitas en la tarea de identificar con precisión aquello que lícita e incuestionablemente podemos llamar principios del liberalismo, ciertamente hay algunas nociones básicas que bien pueden ser inscritas dentro de esta categoría: tenemos por ejemplo la idea de que la justa competencia es promotora del desarrollo.

Sí hablamos de competencia, es claro que debemos tener, por lo menos dos (idealmente más) contendientes involucrados en cualquier proceso de mercado, lo que, en buen castellano significaría: toda forma de monopolio es contraria al buen funcionamiento de un modelo de economía liberal. Sí adicionalmente pretendemos que ésta sea justa, asumimos que los participantes deberían estar vinculados en la contienda en términos de razonable igualdad, es decir, que deberían pertenecer a la misma liga; que estarían clasificados en el mismo nivel; en otras palabras, que en condiciones parejas, cualquiera de ellos tendría posibilidades de ganar: no vamos a enfrentar a un peso mosca con un peso completo en el ring!

Un análisis, incluso somero del escenario internacional al término del difícil período de la Guerra Fría sugiere con claridad las dificultades que de inicio se tenían en la mayoría de los países para iniciar un esquema de justa competencia en el mercado internacional. En función de su propio desarrollo histórico, el escenario internacional de cierre del siglo pasado se caracterizaba justamente por el nivel tan disparejo de capacidades productivas para ingresar al mercado internacional en condiciones siquiera de mediana igualdad.

El reto para la gran mayoría de los miembros de la comunidad internacional era enorme: para poder competir, tenían que ubicarse a nivel de los países ya desarrollados, en términos de disponibilidad de recursos humanos capacitados para la producción orientada al mercado libre,manejo de recursos financieros y de infraestructura, superación de sus rezagos políticos, actualización de sus regímenes laborales, en fin, tendrían que lograr el desarrollo de una cultura empresarial históricamente ausente de sus ámbitos locales y condicionante de las reglas básicas del juego de la competencia “justa” en el mercado internacional.

En ausencia de una decidida capacidad para superar esos retos, este tipo de competencia se antojaba meramente quimérica. Y sin embargo, cuando observamos el escenario internacional contemporáneo, es indudable que varios países lo están logrando con creces y, en el espacio reducido de dos décadas, se han establecido con claridad en al ámbito de “las ligas mayores” para competir hoy día, en algunos aspectos incluso con ventaja respecto de los países originalmente desarrollados.

Desafortunadamente, no parece ser el caso de México. A pesar de las declaraciones triunfalistas y de las cifras alegres del gobierno, los indicadores económicos son claros: nuestro crecimiento es muy limitado, lo mismo que nuestra capacidad para competir en los mercados internacionales, atraer capitales o generar empleos. Podemos seguir haciendo análisis exhaustivos para explicar (incluso para justificar) esta situación, ciertamente, la vida no es justa! Pero mientras lo hacemos, varios otros países (Brasil, Chile, China, Corea, España, Grecia, por sólo mencionar algunos, -en orden estrictamente alfabético) con los que teníamos cierta igualdad de condiciones no hace mucho, nos siguen sacando ventaja.

¿Qué han hecho ellos que no hemos sabido hacer correcta y oportunamente los mexicanos? Seguramente son varias cosas, pero una es bastante clara: han dejado de gimotear airadamente sobre lo injusta que es la vida y lo abusivos que son los países desarrollados y han redoblado esfuerzos para entender mejor las características y las implicaciones de la cultura empresarial para poder ponerla en marcha en sus respectivos países. Y lo han hecho con determinación, sobre todo en el sector que mayormente puede comprender y fomentarla: el sector educativo.

Los anhelos de justicia social siempre serán loables y no deben perderse de vista jamás. Pero si algo nos debería estar enseñando el actual proceso acelerado de globalización es que resulta virtualmente imposible pensar o comportarse como una isla en el gran concierto mundial de las naciones: el juego es global, nos involucra a todos y difícilmente podremos sustraernos de su poderosa fuerza de atracción. El futuro de la humanidad es claramente cuestión de la colectividad humana en su conjunto. Si la cultura empresarial es trasfondo teórico del desarrollo alcanzado por los países desarrollados del mundo contemporáneo, más nos vale entender las reglas básicas del juego para dejar de ser meros espectadores pasivos de la dinámica mundial.

David J. Sarquís es profesor-investigador del Departamento de Relaciones Internacionales del Tecnológico de Monterrey, Campus Estado de México, su correo electrónico es david.sarquis@itesm.mx

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Ética y economía

Creado el 02 Julio 2008 por Webmaster

Cuando el capitalismo se dio cuenta de que el sistema económico y el sistema financiero funcionaban sin la intervención gubernamental, la acumulación de riqueza se fue concentrando hasta hacer países ricos que desarrollaban innovaciones tecnológicas y tenían un nivel de bienestar muy alto, y países pobres que necesitaban vender sus materias primas y depender de las importaciones que hacían los países ricos.

Las relaciones entre los agentes económicos crearon tal desigualdad que el gobierno se vio en la necesidad de intervenir los mercados y las relaciones laborales para equilibrar la distribución de la riqueza sin conseguirlo. Esto provocó que el aparato gubernamental interviniera cada vez más y más en la economía y que esta intervención fuera ineficiente.

Los dueños de las empresas comenzaron a tener relaciones de conveniencia con los funcionarios gubernamentales y se dieron cuenta de que permisos, concesiones, derechos, menor pago de impuestos, etc., eran muy fáciles de obtener a cambio de una compensación económica. Las empresas entonces tuvieron cada día más y más de este tipo de convenios no solo con los funcionarios gubernamentales, sino también entre empresas, pues la vida se simplificaba con esta práctica de corrupción.

Estos pagos fueron cada vez más y más grandes hasta el punto de convertirse en un problema social y cultural, como en el caso de México. El problema de la corrupción se salió de control y ahora es ya un problema económico tanto para las empresas como para el gobierno.

Ahora el capitalismo se ha dado cuenta que el costo de la corrupción es muy alto y que eso entorpece la acumulación de riqueza de las empresas y los individuos. Y sabe que la mejor forma de salir de un círculo perverso como este es a través del convencimiento y el examen de conciencia.

Las prácticas económicas y empresariales éticas son la mejor forma que tiene el capitalismo para convencernos que si se defrauda, se roba, se hace trampa o se miente, no solo se le falla al sistema económico sino también a una serie de valores de nuestra cultura.

Las empresas en el capitalismo dicen que lo que más le conviene a las personas es ser ético. Si las necesidades de las empresas nos llevan ahora a tener códigos o normas de comportamiento profesional y de comportamiento privado, lo que en realidad nos están haciendo cumplir son normas morales.

Estas normas morales, y no la ética, están haciendo que ahora las personas autorregulen su comportamiento. El interés de que esto suceda, es un interés económico para las empresas, pues el costo de la corrupción es muy alto. Las empresas nos dicen cada vez más a menudo que si una persona atiende a un código profesional y se da cuenta que si roba, defrauda o si se corrompe, no solo se hace daño como persona, le hace daño a la empresa que lo emplea y le hace daño a la economía y al país.

Esto se convierte en una suerte de filosofía barata del capitalismo. Las personas deben tener una ética porque es lo que les conviene a cada uno, y no lo que le conviene a la empresa ni a la economía en general. Muchas de las empresas socialmente responsables, apelan a este tipo de códigos y conductas morales de sus empleados para maximizar su beneficio económico y disminuir sus costos.

La economía tiene una dinámica dictada por los mercados y estos mercados los hacen funcionar personas como usted y como yo. Cada uno de nosotros tiene una serie de valores culturales, sociales e históricos que nos hacen tomar decisiones en función de nuestro propio beneficio individual. Cuando nuestro beneficio individual es mayor que el beneficio colectivo es cuando las empresas deciden que seamos éticos. Pero el ser ético no debe provenir de una empresa, nadie debería dictarnos esos valores. Para eso debemos apelar a la inteligencia.

Como diría la maestra A. Forte: La inteligencia es el arte de saberte manejar en la realidad. Debemos ser inteligentes para tomar acciones éticas frente a nuestra realidad económica. Debemos ser éticos porque eso es benéfico para nosotros y no porque ser ético sea benéfico para la empresa, para la economía y para el país.

Eduardo Carbajal es Director del Departamento de Finanzas y Economía del Tecnológico de Monterrey, Campus Estado de México. Su correo es edcarbaj@itesm.mx

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